
Todos somos conscientes de la enorme cantidad de competiciones que se anuncian en universidades, centros polideportivos, institutos y colegios. Hay de todo: las olimpiadas de matemáticas, física, ortografía, química e incluso de filosofía; los torneos y campeonatos de todos los deportes; los certámenes de literatura... Y a muchos nos habrá entrado el gusanillo de competir contra una multitud de gente más o menos capacitada que nosotros para obtener el codiciado premio, que puede ser desde un diploma o trofeo, pasando por los objetos de valor, hasta el dinero en efectivo.
Uno se pregunta porqué se iba a gastar el dinero en eventos como éste el Estado o las grandes empresas. Si visitais las páginas oficiales de estas competiciones, lo primero que os vais a encontrar es una justificatoria: para impulsar el gusto por la lectura y escritura, para fomentar el espítitu competitivo o crítico de los jóvenes... Promover, provocar, alimentar, avivar, inducir y animar son las palabras que más suelen aparecer en esos textos. ¡El mundo entonces parece maravilloso! ¡Cómo se preocupa la humanidad por mejorarse!

Pero en una moneda, dónde esté la cara, está la cruz, y aquí se presentan los inconvenientes. Por un lado, me parece una pena que en toda competición tenga que existir una recompensa. El concepto de satisfacción personal es algo que ha quedado relegado a un segundo plano, que se suele utilizar como premio de consolación o como arma de falsa modestia dependiendo del resultado. El deseo materialista se ha hecho con nuestro calificativo moral, que concluye que las cosas de mayor valor es por las que se debe de hacer mayor esfuerzo. Por poner un ejemplo: se nos desafían a dos torneos: el primero de un premio moderado y el segundo de un premio descomunal. Sin dudarlo, nos esforzaremos más por ganar el segundo que el primero, pero alguno me podría decir: "Te equivocas. Uno se esforzará más porque sabe que los otros también lo harán". Es verdad, pero se sabe que los demás se esforzarán más porque ellos querrán hacerse con el premio. Es algo que ya suponemos, y que en realidad no nos debe de extrañar: la avaricia es una derivación del instinto de supervivencia. ¡Necesitamos hacernos con el premio, la pasta!
Por otra parte, hay otros premios de los que no se hablan que también se codician, a saber, fama, reconocimiento, admiración... No solo por parte del competidor sino por los que indirectamente también compiten con él, quienes el competidor representa. Por ejemplo, el alumno y el instituto, el equipo de rugby y su universidad, un jugador de fútbol, su liga y hasta su nación... Aqui ya no se trata de satisfacción personal, estamos hablando de intereses. Cuando alguien lee un artículo sobre cualquier institución, comprueba como nadie se olvida de mencionar que "ha tenido varios miembros galardonados con x premios". Y aquí es donde verdaderamente se derrumba el fundamento de las competiciones.
Puesto que es el mundo que mejor conocemos, pongamos por ejemplo a los institutos y a las olimpiadas. Antes de la convocatoria, nuestros profesores nos proponen participar en la competición. Para empezar, muchos ya se echan atrás por miedo, cobardía, o por complejo de inferioridad, y en casos especiales, porque de verdad no les interesa sacarse unos cuartos. Aquí ya falla el pretexto de impulsar ese espíritu competitivo: no alcanza a todos los jóvenes. Luego están los que se presentan que pueden ser los que se creen capaces y los que ven que "no pasa nada por intentar", que raramente consiguen algo. Por último está el juicio del profesor que puede o no coincidir con el del instituto, es decir, ante los candidatos, vuelca sus preocupaciones hacia el que mejor posibilidades tiene de ganar. Lo importante es quedar bien y dar buena imagen, ¿no?
Después de todo el dinero gastado ¿se ha conseguido o se está consiguiendo algunos de los objetivos de las competiciones? ¿Cómo hacer para que participen más personas? ¿Debemos hacer mención sólo a los primeros puestos? ¿De verdad un instituto se puede juzgar por la cantidad de olimpiadas ganadas por sus alumnos? ¿qué tiene que ver el instituto con la satisfacción personal del estudiante?
Si es que por mucho que te esfuerzes, la gente pretende cortar el pan con una cuchara.
